Cada vez que en casa celebramos algo, da igual que sea un cumpleaños, el día de Reyes o, simplemente, que nos hemos juntado todos después de meses sin vernos, hay un plato que nunca puede faltar en el centro de la mesa, los rollitos de espárragos blancos con jamón y queso, bien rebozados y fritos. Si no está, la familia protesta.
Sé lo que estáis pensando. "¿Espárragos de bote, rebozados? ¿De verdad ?" Oh, amigas! Si nunca los habéis probado hechos de esta manera, os estáis perdiendo uno de los mayores placeres de la cocina de confort.

Es un plato increíblemente humilde, sí, pero cuando muerdes esa costra dorada y crujiente y llegas al interior jugoso del espárrago fundido con el queso... es simplemente, de otra galaxia.
Hoy os abro el cuaderno de recetas de mi familia para contaros no solo cómo se hacen, sino los pequeños errores que yo misma cometí hasta conseguir que me quedaran exactamente igual de perfectos que mi tía (la auténtica experta).

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Como esta receta tiene tan pocos elementos, la calidad de cada uno de ellos se nota muchísimo. Aquí no hay salsas pesadas donde esconder un mal ingrediente.
A continuación tenéis los pasos detallados. Es una receta rápida, pero que requiere mimo en la ejecución. ¡Vamos a ello!

Saca los espárragos del tarro con delicadeza para no dañar las yemas. Colócalos en una bandeja cubierta con papel absorbente de cocina. Pon otra capa de papel encima. Déjalos escurrir así para quitar la humedad.
Sobre una superficie limpia, extiende una loncha de jamón York. Encima, coloca una loncha de queso (si sobresale mucho por los lados, dóblala un poco hacia dentro; el queso nunca debe quedar expuesto directamente). Coloca los espárragos blancos en el extremo más cercano a ti y comienza a enrollar, formando un cilindro compacto.

Prepara dos platos hondos uno al lado del otro. En el primero, pon el pan rallado. En el segundo, bate los dos huevos con una pizca de sal hasta que espumen un poco.
Pasa el rollito de jamón por el huevo, asegurándote de que los extremos (donde se ve el espárrago), queden bien sellados. Luego, sumérgelo en el pan rallado, dándole la vuelta para que se empape bien por todos lados. Si los quieres más crujientes, repite el rebozado dos veces por cada rollito

Pon a calentar el aceite en una sartén mediana a fuego medio-alto. Sabrás que está listo si echas una gotita de huevo y sube a la superficie burbujeando inmediatamente.
Coloca los rollitos en la sartén con cuidado (siempre con el pliegue del jamón hacia abajo primero, para que el calor lo selle y no se abra). Fríelos en tandas pequeñas para no enfriar el aceite. Cocina unos 2 minutos por lado, dándoles la vuelta con unas pinzas, hasta que tengan un color dorado precioso.

Sácalos a un plato con papel de cocina para que absorba el exceso de grasa. Déjalos templar un poco (¡el queso quema muchísimo por dentro!) y sírvelos inmediatamente.
Acompañad esto con una cerveza bien fría, o un vino blanco afrutado y os prometo que tocaréis el cielo. Es el bocado perfecto: crujiente por fuera, tierno por dentro y con ese punto salado del jamón que equilibra la dulzura natural del espárrago blanco.
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Si os animáis a prepararlos este fin de semana, dejadme un comentario abajo contándome si habéis conseguido mantener el queso dentro del rollito (¡seguro que sí!). ¡Nos leemos en la próxima receta
Descubre cómo hacer los auténticos rollitos de espárragos blancos con jamón y queso rebozados. Una receta tradicional, crujiente por fuera y cremosa por dentro, con el truco definitivo para que el queso nunca se escape en la sartén.

Sobre una superficie plana pon una loncha de jamón york, encima otra de queso y un par de espáragos en un extremo.
Enrrolla con cuidado procurando que el queso no se salga del rollito.

Pasa los rollitos por huevo y pan rallado.
Si los quieres más crujientes, rebózalos dos veces.

Fríe en abundante aceite, dándoles la vuelta con cuidado, hasta que estén dorados.